Catarsis en busca del cielo

Ya sabía yo, que tras una larga caminata habrían sudor y cansancio. Y por no tener expectativas ni aun negativas, padecí  casi llegando al cielo.

Otros tiempos eran, aquellos en que solía creer que…

Siempre fue así, quien te lleva a la cumbre saca de ti, lo que no esperabas. Y no imaginas que podrías llegar a querer arrojar a alguien, por uno de esos senderos o precipicios hermosos por los que te condujeron.

Entre los paisajes, pensaba; ¡lo vale! cada gota de sudor y cada sensación de dolor.

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En mi cansancio y en mi debilidad física, salió de mí una que no me gusta, sin embargo, no fui la peor que conozco.

Nunca hubo motivos para odiar, sin embargo, me acerqué a detestar. Creo que en una película de suspenso hubiera muerto por mariquismo agudo, por intestinos enloquecidos revueltos con hormonas femeninas.

Por fortuna, no era tiempo de luna llena. Hubo un cielo estrellado que calmó todo mi ser y el calor de una fogata, que yo misma terminé sacando de la pequeña llovizna, que terminó  mandando a todos, dentro de la carpa.

Cenizas habían quedado allí para que yo supiera que estaban, que entre tanta oscuridad, ardía un poco de fuego, y que era posible alzarlo a darme más que calor. Volvía yo, de agonizar, lista para volver al reposo en la tienda de dormir, pero mis intestinos ya se habían calmado, y vi los restos de una fogata apagada… la aparente lluvia había cesado, era solo un pringazo de gotas. Mi amigo y mi amiga, no sospechaban que me animé a continuar con el fuego, realmente había cesado lo que parecía una inminente llovizna de páramo. Los vientos y las nubes subieron un poco más, quizás la lluvia se iría para la laguna Albarregas. Lo cierto es que, no llovió, los troncos yacían aun secos y solo supe que mis soplidos intensos le darían sentido al fuego. Y así fue, deje de padecer, todo cesó entre el calor de la fogata y las luces del cielo.

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Mis amigos le habían tomado una foto a la fogata, mi amiga por un momento tuvo miedo de la llamarada, yo me deleité y reposé sobre un frailejón que había nacido para sostener mi columna adolorida.

Piense usted, humano lector, en la última vez que vio un cielo estrellado, constelaciones cuyo nombre ya no se recuerdan, se alzaban esa noche en el cielo, para recordarme que soy nada. Esas lucecitas puestas todas para mí, por Dios, me atrapaban.  Parecía que no pensaba en nada, solo en la inmensidad tan pequeña en la que nos encontramos todos. De a ratos, el fuego me llamaba para que le lanzara más tronquitos de páramo. Y así pasé mi noche, entre el frío y el calor, con el cielo alumbrado a la espera de una estrella fugaz.

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El día de la despedida, me vi detestando a quien me condujo a este gran viaje. Me costó entender todo el trayecto, cómo podía ser posible que algo así sucediera? Que tragedia pensar, solo por un segundo, que podría arrojarle por un precipicio, Instante este, tan desquiciado, donde allí me vi, detestándome por detestar a un ser humano, por no entender cómo podía sentir tanto desagrado de la misma persona que no hace mucho, me despertaba alta admiración en todo aspecto, a quien he aprendido a respetar en sus decisiones extravagantes, quien sin saberlo me ha enseñado a buscar la cimas y amar un poco más.

Así sucede, medité; quien te lleva a la cumbre, saca de ti, lo que no esperabas. Son pruebas evidentes, de cómo afrontar nuestras emociones, no solo estamos aquí reunidos compartiendo las cosas maravillosas, también tenemos que lidiar con lo que no nos agrada de nosotros y de aquellos a quienes hemos escogido amar. Si desecháramos a nuestros cercanos por cada vez que nos molestan sus maneras, no tendríamos nada, no se usted, pero yo, no puedo concebir los regalos maravillosos que el universo se atreve a darme, sin necesitar compartirlos con los que yo he escogido amar.

Por no tener expectativas ni aun negativas, padecí  casi llegando al cielo. Cuanto más pidamos paz, mas conflicto vendrá a nosotros, porque hay que luchar con nuestro ego, con nuestra oscuridad, con nuestra materia para alcanzar lo que deseamos en nuestra alma. Cuanta más paciencia pidamos a Dios, más nos veremos en situaciones en las que debamos afrontar lo que pedimos. Mientras más amor pedimos de la humanidad, más nos veremos obligados a confiar en nuestra soledad y en nosotros cuando nadie nos ve, así encontraremos ser personas íntegras, capaces de dar amor, sin exigir a cambio lo mismo.

La tarde caía sobre nuestros costado, el páramos se iba quedando atrás, con todas esas emociones fugaces que ninguno queremos dentro de nosotros. Entonces nos detuvimos, por última vez en la cima del picacho Albarregas. Eran más allá de las 2 de la tarde, la neblina nos despedía en las alturas, kilómetros abajo, Mérida ardía de luz veraniega. El sol apuntaba directo sobre la pequeña gran ciudad. Volver era mejor que quedarse, por primera vez, en todas mis veces a tan sagrado lugar de paz. Al final, solo pensaba en disculparme por todo lo malo, porque nunca consideramos que necesitaríamos comunicarnos, no solo para expresar nuestras satisfacciones, sino también para comunicar nuestros desagrados.

Todos hicimos catarsis, volver, será siempre una opción.

Creo, como diría mi amiga, con la que sigo compartiendo y a la que sigo amando, cada vez que ascendemos, estamos un poco más preparados.

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Dedicado a todas las rocas, que  en el descenso nos hicieron tropezar. A Kenia nuestra mascota compañía, por ser tan educada, y a mis amigos, con los que llegué a  3.920 m.s.n.m.

..G..

 

 

 

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