UNOS PUNTITOS Y MONTE ZERPA

CUENTO

A la memoria de Brit y Shia. Nobles mascotas.

Primera parte.

Diminuta.
Claro que lo soy, le dijo ella, a los árboles, mientras ellos desde arriba le contemplaban y murmuraban si era o no, digna de entrar en su montaña.

La montaña tenía sin embargo su propia respuesta.
¡Tus pisadas son suaves, tu sonrisa tibia, como confundida de felicidad.
Puedes preguntarte lo que quieras!

La caminante se preguntó en su silencio….

¡Si…! Respondiendo, esta vez, la montaña entera, es felicidad lo que sientes,
¡Bienvenida!

Caminante; ¿Qué dirían…? ¿Yo…? ¿Dialogando con Uds.? Tantos verdes y el castaño-marrón-húmedo. Hasta las piedrecillas parecen tener vida, allí, mezclada con el sonido del bosque y la selva.

No tienen vida. Respondieron los árboles, murmurando entre ellos nuevamente. Solo son más viejas que nosotros, los colores sin embargo, esos sí están vivos y por ello, las piedras por muy pequeñas que fueren, parecen estar vivas.
¡Qué agradable e ingenua muchacha! Esperamos verte de nuevo cuando desciendas del pico.

Aquella muchacha jamás había recorrido aquel camino.
Se quitó las máscaras, se desnudó el alma, se hizo niña.
Comenzó a imaginar, cuán maravilloso pudiera ser lo que le esperaba.

Una conocedora, le conducía por aquel camino, vaya Ud. a saber, que diálogo, tendría aquel personaje con la montaña.
Ambas caminantes, la conocedora, y la novata, llevaban consigo a su mascota aquel día, de paseo.
Sin embargo, la muchacha novata, solo tenía que seguir el sendero hacia arriba, sin necesitar que le guiaran.
En ese trayecto fue recogiendo intencionalmente en el camino, hojas, piedras, o alguna cosa desprendida de la naturaleza, que iba consiguiendo a su paso, y que dejaba sobre lugares que ella creía visibles, para que su acompañante, la conocedora, los viera cuando le tocase pasar por el mismo lugar. Así sentía que dejaba ofrendas de su afecto, a aquella alma acompañante, que le confundía de amor.

¿Qué haces? Le preguntó la montaña.
No lo sé, respondió la muchacha novata, solo quiero que mi acompañante sepa que me importa. ¿Crees que le importe?
Le Contestó la montaña con su inmensa sabiduría; ¿Vienes aquí porque te importa tu acompañante? ¿O porque te interesa conocerme?
Vengo aquí porque me interesa conocerte. Como regañada, respondió la muchacha novata.
Creo que estoy enamorada de mi acompañante, quizás si llego a tu cima, Monte Zerpa, puedo ir a donde me proponga de hoy en adelante. ¿Quién estará más lejos? Preguntó la muchacha. Quizás, si llego a la cima, puedo llegar a conquistar su corazón.

Te aseguro, le dijo la montaña, que al llegar a la cima te sentirás capaz de todo. Aunque no puedes esperar nada de los humanos, yo siempre te haré sentir como si fueras parte de mí.

Segunda parte. Horas atrás de la cima.

¡Al Páramo y más allá!
El cachorro compañía, sin cansancio va delante de mí… Sube y baja una y otra vez, mientras yo, siento que me faltan pulmones para continuar.
El espíritu de la tierra se impregnaba dentro de mí, agotada me elevaba en cada paso. La meta es la cumbre.

Simple como la quietud me soy.
Pulsadas delirantes abajo, Con el camino abierto de bondad.
Pensando en las maravillas de ser un cuadrúpedo, sin serlo.
Sudor temperatura ambiente.

Parecía ir sola, pero adelante iba su mascota dorada, que se perdía de su vista en su ansiedad canina.
De a ratos volteaba y se preguntaba por su acompañante y su respectiva mascota, que necesariamente iban detrás, para evitar que ambos caninos alfa, se pelearan entre ellos.
Era un buen día para el Amor decían los arbustos, que como ventanas mostraban ya, la ciudad abajo diminuta.

Tercera parte. Horas adelante de la cima.

Más diminuta que antes, la cima impactante me confirma que aquello que siento es felicidad. Entonces Dios existe, pues no hallo en mi humano corazón a quien agradecer tanta belleza.

La montaña se contrae e inhala conmigo, se levanta y exhala conmigo. ¡Amor y vértigo!
Frailejones derramados por todo el lugar. Los perros, y ese rostro cansado y frío de mi guía acompañante. Cuánto hubiera querido un abrazo de su parte. Pero ya la montaña me lo daba casi todo.
Diminutos allá, “los Mutantes”. Pensaba, al ver la ciudad.
Tantos picos tendidos, aquí frente a mí!
¡Mejor decido amarlo todo! y bendecir con una sonrisa del alma, hasta a los mutantes que contaminan mi tierra.
Fluyendo como luz, esparciendo al fin, algo que allá abajo había olvidado.

Silencio. Libre.
Como nada que conozca.
Íntimo.
Todo queda entre el suelo erizado del páramo y los que éramos entonces, unos Puntitos más en el Picacho Albarregas.
Un poco más de silencio.
Hasta no extrañar nada que tenga que ver con el sonido.

Aire frío se anuncia en las mejillas, aire frio que viene a perpetuarse con la caída del sol.
Que estremece toda mi materia.
Volviendo mi alma al cuerpo. Saludo,
¡Hola escalofrío! Cierto que no soy solo un ente…

Parte final. Descendiendo.

Los árboles se sacuden.
¡Hasta pronto, Hasta pronto!
¡Hasta siempre!
Nos dijimos Respirando juntos.
Recíproco fue el amor que nos dimos, el páramo, y yo, la caminante.
¡Vuelve! Murmura todo, desde la tierra que se incrusta en mis zapatos y se cuela por mis medias deslizándose intrépida en los dedos de mis pies, hasta el sol, apuntando directo al camino escondido, en dirección abajo, que solo mi compañía y yo, podemos observar.

Y he de volver siempre Decía, aunque no se lo crean, ni mis huesos, ni mi piel con todos los órganos que llevo dentro.
Aunque quede el recuerdo del cansancio y el frío parezca mi peor enemigo.

Resignados ya. Superficie-terrestre-abajo.

Caímos todos con la tarde.
Más exhaustos que el sol y la luna en su rutina eterna.
Y fue, un Hasta siempre, lo único que aseguro, pensamos todos nosotros, los que éramos para entonces, solo unos puntitos, entre la multitud de árboles.
Volver, se me hizo indispensable.
Era otra para entonces.
Algo así como una “Masa Almánte”*.

*Masa Almánte: Humana piel, Agradecida, Alma Amante.

2013

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